Bousmou. Marruecos

Todavía recuerdo una cena en la terraza de Dar Kamar con Ridley Scott y su mujer, Giannina Facio, a la que conozco desde hace más de 30 años al formar parte de una de las expediciones que organicé al sur de Marruecos. Ridley decía que Ouarzazate era uno de los destinos preferidos para rodar sus películas por lo variado y espectacular de los escenarios próximos a la ciudad. Razón no le faltaba, aunque los alrededores de la meca del cine africano esconden tesoros que hay que saber descubrir. Muchas son las ocasiones en las que clientes de Dar Kamar me preguntan si aparte del museo del cine, los estudios cinematográficos, la kasba de Ait Benhaddou, el oasis de Fint o la kasba de Taourirt, hay algo más que merezca la pena visitar o recorrer. Mi respuesta es siempre la misma, se necesitarían muchas jornadas para desvelar parte de la riqueza cultural, etnográfica y natural de esta fascinante región del norte africano. Prueba de ello es la serie de post que voy a escribir sobre los aspectos menos conocidos del destino Ouarzazate. La falta de clientes debido al cierre de fronteras, en mi caso tiene un punto positivo: tengo más tiempo para explorar, fotografiar y filmar.

Abdeljalil es mi compañía en esta incursión a una región de las montañas del Alto Atlas que me interesa por ser zona de trashumancia. El hecho de viajar con un bereber es una garantía de acercamiento hacia la población local. Permite averiguar y conocer muchos aspectos de una cultura que, en esta apartada cordillera del Alto Atlas, ha sobrevivido a la globalización del mundo moderno. Como no tengo problemas de agenda, he preferido iniciar el viaje cuando las condiciones meteorológicas me son favorables para mi toma de imágenes. Prefiero los cielos nublados y la lluvia. A pesar de estar a principios de agosto, la temperatura es baja, lo que se agradece después de los más de 40 grados en Ouarzazate y el valle del Draa.

Camino a la jaima. Atlas. Marruecos

No tardamos en ver a los primeros trashumantes. Mimetizados en el entorno, avanzan sobre sus mulas en un escenario casi irreal. A los pocos kilómetros nos detenemos ante la presencia de otro grupo de nómadas que, a pesar del chaparrón que está a punto de caer, no perdonan un alto en el camino cuyo objetivo tiene connotaciones casi sagradas. Los goterones de agua impactan sobre nuestros rostros y sobre la chaquetas de los caminantes. Es el aviso del diluvio que nos espera. A pesar de todo, el momento del té para los bereberes es algo casi sobrenatural, un momento que ni los ingleses llegarían a entender.

Té bajo la lluvia. Marruecos

Atlas y lluvia. Marruecos

Circulo sobre pistas que nunca antes había recorrido. Desconozco, a pesar de mi cartografía, si la ruta tendrá salida o, si por el contrario, el camino no tendrá continuidad para nuestro 4×4 y tendremos que retroceder sobre nuestros pasos. Poco importa, la naturaleza nos compensa con imágenes espectaculares. Nos encontramos con una población que parece anclada en el tiempo. Un ritmo de vida acorde a los designios de la naturaleza de la que dependen. Una sencillez de vida que les convierte en seres auténticos y maravillosos. Una mujer avisa a Abdeljalil que el camino se terminará en pocos kilómetros. Aún así, decidimos continuar hasta ese punto. Si el destino nos ha traído hasta aquí será por algo.

Mujer de blanco. Atlas. Marruecos

De repente, el camino para nuestro todo terreno ha llegado a su fin. En cualquier caso, decidimos seguir a pie algunos kilómetros para alcanzar una pequeña aldea a la que hasta a las mulas les cuesta llegar. Pocos lugares quedan ya como éste. Ni camino para vehículos, ni electricidad y ni siquiera cobertura de teléfono. A la llegada somos agasajados como principes. Sencillas construcciones de piedras colgadas de la pendiente. El interior es sobrio y acogedor. Unos lujos basados en tapices artesanos, una estufa de metal, una batería cargada por dos pequeñas placas solares, mesitas bajas, teteras, vasos, mantas y un techo de madera que compite con los mejores artesonados de los riads de Marrakech. Una construcción que les sirve de refugio permanente durante los casi tres meses que permanecen bloqueados por las nevadas. Estamos a 2.720 metros de altitud.

Interior de casa. Atlas. Marruecos

Curvas creando formas infinitas, un desierto pétreo más propio de marte que de la cordillera del Atlas, un terreno hostil en el que sólo pueden sobrevivir los más fuertes. Y, sin embargo, una aridez que enamora y embruja. Una belleza salvaje de la que es difícil despegarse. La luz fría que se filtra a través de las nubes consigue crear un ambiente turbador y mágico.

Relieves. Atlas. Marruecos

Atlas dramático. Marruecos

Y dentro de tanta irrealidad, una visión que parece fuera de lugar. Una caravana de dromedarios ha debido confundir las dunas del desierto del Sahara con las grisáceas ondulaciones de las rocas de la cordillera del Alto Atlas. Sin embargo, ahí están, conducidos por camelleros en busca de pastos en las tierras altas, sobre todo este año que ha sido tan escaso en precipitaciones. Uno de los pastores nos pide agua y aprovecha para contarnos lo que representa para él este estilo de vida. Una vez más, los nómadas vuelven a hacer alarde de su bien más preciado, la libertad. Una forma de vida que no entiende de Covid 19, de mascarillas y mucho menos de confinamiento.

Caravana camellos. Atlas. Marruecos

Pastor Atlas. Marruecos

Uno de los aspectos que más me sorprende del Alto Atlas es lo rápido que puede transformarse un paisaje en pocos kilómetros. La grisácea belleza de los valles por los que hemos discurrido, de repente, al superar un puerto de 3.000 metros de altitud, se convierte en un universo de color mineral. Una galería de arte que hay que digerir y disfrutar despacio, sin prisas, esperando que las nubes jueguen con las luces y modifiquen el escenario para agradecer al espectador su asistencia a la función.

Valle encantado. Marruecos

Rocas y color Atlas. Marruecos

Queda menos de una hora para que anochezca y ya estamos en uno de los campamentos nómadas. Ni que decir tiene, una vez más, nos beneficiamos de la hospitalidad de esta familia de bereberes. Sin nosotros saberlo, han sacrificado uno de sus corderos como muestra de su alegría por nuestra presencia. Cabras, ovejas y dromedarios van acercándose junto a las jaimas para pasar la noche. Lhassan descuartiza al animal y va dando los trozos a otros miembros del grupo para preparar las brochetas que comeremos junto a la luz de la hoguera en cuanto caiga la noche. Abdeljalil y yo, montamos nuestras tiendas antes de que nos envuelva la oscuridad. Poco a poco, la temperatura desciende y las charlas junto al fuego me adormecen. Es una lástima no poder entrar en conversación con esta gente. Me estoy perdiendo clases de una enorme riqueza cultural, aunque al menos me entere de algo por la traducción de mi compañero.

Camello en jaima. Atlas. Marruecos

Té en jaima. Marruecos

Camp con nómadas. Marruecos

Por la mañana, después de tomar el té, Lhassan nos conduce a otra jaima situada a un par de kilómetros. Allí se encuentra una de sus hermanas que acaba de terminar un tapiz o manta, confeccionada con pelo de cabra y que le ha llevado 15 días de trabajo. Muestra los dibujos de su tribu, los Ait Haddidou. Decido comprar el tapiz que aparece en la fotografía, al tiempo que propongo a la familia la posibilidad de seguir en contacto y acordarles a ellos y a otras familias, el poder comprar todo lo que elaboren con pelo de cabra, de oveja o de dromedario. Eso ayudaría económicamente a estas comunidades y permitiría que no se vean tentados al abandono de un medio de vida tradicional. Los productos que me vendieran, los ofrecería a todos aquellos que los quisieran comprar. Un comercio justo que mejoraría las duras condiciones de vida de esta población.

Bereber y mantón lana. Marruecos

Bereber con lana. Marruecos

Nos despedimos de nuestros nuevos amigos con la esperanza de volver a encontrarnos en poco tiempo. Atrás van quedando las jaimas de lonas o pelo de cabra o dromedario. Sin embargo, los bereberes que seguimos encontrando a nuestro paso no cesan de darnos muestras de cordialidad y hospitalidad.

Jaima vista pájaro. Marruecos

Jaima aislada. Atlas. Marruecos

Pastora Atlas. Marruecos

Y, como colofón a nuestro periplo, el destino ha querido obsequiarnos con un fantástico regalo visual. Mientras conduzco, Abdeljalil me pregunta sobre unos puntos oscuros que se encuentran en la lejanía mezclados entre la vegetación. Son cabras?. Me detengo y con los prismáticos descubro a un grupo de Muflones. Antes de que desaparezca la luz o los animales, monto el trípode y, con un objetivo de 1.500 mm consigo capturar una imagen que raramente se puede observar en espacios naturales abiertos de la cordillera. Últimamente se están introduciendo en reserva naturales y parques zoológicos de Marruecos junto a la gacela Dorca.

Muflones del Atlas. Marruecos

Después de casi 4 horas de conducción llegamos nuevamente a Ouarzazate. Dar Kamar, la primera construcción de la ciudad (principio del siglo XVII) nos acoge en sus instalaciones en medio de la kasba de Taourirt, para descansar y poder digerir todo lo vivido en estas 55 horas de auténtica aventura africana.

Dar Kamar patio. Ouarzazate

Dar Kamar restaurante. Ouarzazate

En breve publicaré otras rutas que tienen como origen y destino Ouarzazate. Las imágenes de vídeo que estoy consiguiendo, servirán para la edición de un reportaje sobre Ouarzazate, Agdz y el sur del valle del Draa. Os seguiré informando.

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