Hace menos de una semana que he regresado de Jordania y nuevamente estoy en ruta. En esta ocasión hacia mi residencia en el sur de Marruecos.  La cordillera del Alto Atlas ejerce la función de gigantesca frontera natural al dividir el país en dos mundos con bastantes diferencias desde un punto de vista natural y cultural. Sin embargo, para mí es un viaje más, como los cientos de travesías por estas montañas realizadas desde que vine a Marruecos por primera vez. En cambio, existen ocasiones y situaciones que convergen para mostrar al viajero que en el momento más inesperado puede surgir la escena capaz de subir los niveles de adrenalina. Una hormona que repercute positivamente si no se genera en exceso. Puede que esa sea la razón por la que me han desaparecido, casi por arte de magia, los dolores producidos por la sinusitis que arrastro desde mi llegada a España.

Mientras la Península Ibérica está siendo invadida por el polvo sahariano, aquí las nubes preparan el escenario para crear un espectacular ambiente en el que junto al sol van escenificando un in crescendo, desde las brumosas tinieblas, hasta la electrizante luz del atardecer. A la entrada del valle de Ounila, el viento, la niebla y los copos de nieve, envuelven el ambiente de una poética visión que frena continuamente el avance. Mi cámara, que pensaba que no tendría que trabajar durante unos días, se afana en capturar las imágenes de un mundo difuminado y fantasmagórico.

El cielo nublado parece adaptar mi estado de ánimo al momento vivido. La sensación de relajación producida por la nevada que aún no ha cuajado y la maravillosa arquitectura en barro difuminada y filtrada a través de millones de copos de nieve en suspensión, va dando paso a un estado de excitación. Los pinceles algodonosos pintan el paisaje de colores casi irreales. Un lienzo que va cambiando ante el espectador conforme el viento compone a su antojo soplando incesantemente a las gigantescas masas de nubes sobre nuestras cabezas.

Me obceco en descubrir el movimiento de las nubes y los momentos en los que una kasbah, una palmera o un pueblo se dejarán acariciar por esa luz que contrasta con las sombras que va dejando a su paso. Es inútil. Decido, al igual que ellas, dejarme llevar ante los acontecimientos visuales. Cada momento es único e irrepetible. Puede que esa sea realmente la magia de todos los que buscamos el poder sorprendernos ante acontecimientos aparentemente livianos. Me pregunto si estos juegos de luces y sombras ejercen el mismo hechizo para todos los personajes con los que me cruzo. Siento que para ellos no está ocurriendo nada especial. En cualquier caso, me alegro de poder disfrutar de ese regalo caído del cielo.

Alguien dijo que las nubes vuelan tan alto porque se niegan a llevar ninguna carga. Por eso decido seguir el ejemplo dejándome llevar por esa filosofía. Intentar llegar pronto es una carga, solucionar problemas mientras se conduce es una carga, pensar en cómo me afectará la guerra es una carga, especular sobre los cierres de fronteras es una carga… Yo también deseo volar. Aprenderé de las nubes e intentaré que la reflexión no desaparezca con la luz del atardecer.

La llegada a la carretera nacional dista de las sensaciones recibidas en otras ocasiones. La última luz del día la convierte incluso en objeto de atención para mis sentidos. Es increíble como una simple superficie negra con líneas blancas puede llegar a ser atractiva dependiendo del estado de ánimo y de cómo se mire.

Entro en Ouarzazate al filo de la noche. Después de vivir esta experiencia lumínica durante 80 kilómetros y, viendo los escenarios que rodean a esta ciudad, se entiende que el Hollywood de África se encuentre aquí. Después de hacer una rápida visita a Dar Kamar, en medio de la kasbah de Taourirt, continúo hacia Agdz, mi destino final. La luna, que ha tomado el relevo al sol, se encarga de seguir infundiendo glamur y misterio a nuestro entorno. En Hara Oasis el río Draa y la montaña del Kissane también han sucumbido al embrujo celestial.

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