Camellero solitario. Mauritania

Amanecer en las dunas. Mauritania

El desierto siempre me plantea interrogantes, aunque no siempre consigo encontrar respuestas. Muchas horas encerrado en un vehículo, unido a visiones que parecen querer abrir mi mente, purgan los pensamientos y los sentimientos más íntimos. Qué hago aquí? Qué me atrapa en este universo de arena y grava? Realmente estoy en este lugar porque busco algo o porque voy huyendo de algo? En mis primeros viajes lo tenía muy claro, era una necesidad de descubrir y vivir situaciones que fueron construyendo lo que ahora soy. No huía de nada porque todavía no existian acontecimientos que me obligaran a ello. Ahora lo dudo, creo que en el fondo, y ahora más que nunca, necesito volver a sentir esas experiencias que me introdujeron en estos escenarios y consiguen apartarme de lo que aparentemente es el modo correcto de vivir siguiendo los convencionalismos.

Campamento en el Adrar. Mauritania

Necesito aprovechar cada minuto. A veces pienso que seguir durmiendo es desperdiciar momentos de descubrimiento, es como desconectar un cargador antes de que la batería esté cargada. Para mí, dormir es dejar de cargar, aunque el tiempo me está haciendo ver que estoy confundido. Lo malo es no saber cuál es tu límite. Por eso, casi todos los días estoy despierto antes de que salga el sol y puede que por eso mismo cada día me encuentro más cansado. Sin embargo, no cambio esto por nada. Salir de la tienda es como saltar a un mundo fantástico. Las luces hacen que todo parezca diferente a lo que dejé anoche cuando me acosté. Cuando Jesús se levanta y sale de su pequeña jaima elevada, yo ya he realizado mi “footing” mental del día. Mi cámara y yo hemos saludado a todo lo que nos rodea y retratado el espectacular momento de la salida del sol. Una manera de tener contento a los duendes de las arenas para que te ayuden a superar una jornada más.

Charla bajo las acacias. Mauritania

Un antiguo refrán touareg dice: “La casa es la tumba de los vivos”. Es algo así como decir que vivir sin techo fijo es vivir en libertad, o por lo menos, así es como lo interpreto. Últimamente, y más que nunca, siento que ese ansia de libertad se está convirtiendo en una especie de droga. De alguna manera envidio a los que tienen como techo el sol y las estrellas; a los que pueden pasar horas de charla bajo la sombra de una acacia sin tener que mirar el paso de agujas de un reloj; a los que pueden elegir a dónde ir o dónde dormir. En definitiva a los que realmente son dueños de sus decisiones y pueden decidir su destino. Está claro que si muchos de a los que yo me refiero pudiesen elegir entre vivir así o seguir nuestros patrones sociales, preferirían el mundo occidental. Sin embargo, durante bastantes años he podido ver como pueblos anclados en un cierto primitivismo, rechazan seguir nuestros modelos de vida. La primera sorpresa la tuve con un jefe de una tribu Surma de Etiopía. Cuando le conocí, mi intérprete me explicaba su experiencia cuando una televisión holandesa le invitó a pasar una semana en Amsterdam. No hacía falta traductor para comprender los momentos de angustia vividos en una gran urbe. Era como un Cocodrilo Dundee, pero sin ningún tipo de ficción. Nunca más aceptaría salir de un modo de vida que en nada ha cambiado a lo que vieron Livingstone y Stanley en sus expediciones por aquellas tierras. Lo mismo ha ocurrido con muchos de los nómadas del desierto con los que me he ido encontrando en los últimos años. Nunca aceptarían entrar en la tumba de los vivos.

Mirada bajo la jaima. Mauritania

Este niño sabe lo que es preparar un té al ritmo del desierto, sabe lo que significa despertarse temprano y tener que ir a ordeñar las cabras antes de soltarlas del redil para que vayan a buscar pastos, es muy consciente de que su futuro y supervivencia depende de su aprendizaje. Sin embargo, no sabe lo que es una cámara de fotos y menos una tablet. Nunca ha visto dibujos animados, pero es un auténtico especialista en fabricar juguetes con cosas impensables. Aterido aún por el frío de la mañana, no acierta a saber lo que estoy haciendo con  mi cámara en la mano. Sus ojos denotan sorpresa o incluso de temor, por lo que una suave caricia en la cabeza y una sonrisa le reconfortan. Realmente, ser feliz es cuestión de saber compaginar cosas muy simples que la mayoría de las veces nos pasan desapercibidas.

Amor de hermano. Mauritania

No sé si es la madre o la hermana, pero da igual. Lo único que percibí desde el momento que llegaron al lugar en el que yo estaba, es un profundo amor entre los dos que tocó mis fibras más sensibles al ver la situación del pequeño. Nuestros valores de la vida en familia distan mucho de los existentes en estos lugares. No tengo claro si la gran unión familiar que se encuentra y se siente en estos países, es fruto de una necesidad de estar juntos para ayudarse a superar la pobreza en la que viven, o es una aceptación de un designio marcado por su Dios.

Circulando en el oued. Mauritania

Continuamos nuestra ruta sin saber muy bien a dónde llegaremos. En cualquier caso, no nos importa, porque seguro que algo fantástico nos estará esperando. Ese es el mejor espíritu para alcanzar lugares sorprendentes, el espíritu que durante décadas ha marcado a los hombres libres del desierto.

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