Son las dos de la madrugada. Atacamos el último tramo antes de llegar a la caldera activa. Descendemos unos 20 metros y proseguimos sobre frágiles planchas de lava de formas infinitas. Realmente la sensación sobrecoge y es difícil de contar.

De repente, aparece el gran lago de lava incandescente, el único que existe en el mundo. El silencio es roto por el continuo borboteo y ebullición de lava cuyo sonido recuerda las olas del mar rompiendo en la playa. Violentas explosiones encienden el lugar con un intenso color rojo que lo ilumina todo. Los que hemos llegado hasta aquí preferimos disfrutar del momento y dejarnos llevar por esta fuerza de la naturaleza.

Al amanecer el sol va descubriendo lo que hace algunos minutos sólo se podía adivinar. Gigantescas placas azuladas de lava han formado un escenario irreal y abstracto.

Los porteadores nos indican desde lo alto que tenemos que iniciar el descenso, de lo contrario sufriremos por culpa de las elevadas temperaturas.

Llegamos hasta los vehículos exhaustos. Aprovechamos una cabaña para desayunar y protegernos del calor. Por delante nos queda una dura jornada hasta llegar a nuestro próximo destino.

El 4×4 en el que viajo se ha quedado sin tracción en las cuatro ruedas lo que dificulta nuestro avance. El terreno se hace más difícil y las trampas de arena se tragan el coche en más de una ocasión. El esfuerzo por desatascarlo a estas temperaturas y la noche en vela que hemos pasado hacen que lleguemos al límite de nuestras fuerzas. Y, para colmo, se desata una violenta tormenta de arena que nos impide avanzar. No se puede ver a más de 4 metros por delante. Tenemos que esperar a que amaine el vendaval  para poder seguir. Estamos navegando fuera de pistas y ya es de noche. Los guías se han despistado en la tormenta y no dan con el buen rumbo para llegar a destino. Al final conseguimos que nuestros gps nos indiquen el camino sobre un terreno encharcado después de la tormenta.

La llegada en medio de la noche a Ahmed Alle está envuelta por imágenes de camellos que descansan y aparecen iluminados frente a nuestros vehículos. Unos camastros nos permitirán por fin descansar.

Juan Antonio Muñoz