Nunca olvidaré la imagen de aquel señor sentado junto al muro de la estación ferroviaria de Howrah, en la ciudad de Calcuta. En medio de un suelo repleto de orines secos, había encontrado un espacio en el que colocar su pierna de madera para pedir limosna. Su profunda mirada despedía una dignidad que caló en lo más profundo de mi interior. Una dignidad acentuada en un contexto en el que los valores humanos parecen haber tocado fondo.
Recordando una frase de la Madre Teresa de Calcuta, lo primero que surgió de mis adentros, fue regalar a mi hombre desconocido una sonrisa con la que poder agradecer el haberme despertado sensaciones y valores que en nuestro mundo “civilizado” quedan relegados en el olvido.
Dicen que la estación de Howrah es uno de los lugares más icónicos creados por el hombre. Allí, en medio de un caos bullicioso y vibrante, se reflejan los valores y el espíritu humano como en pocos lugares del planeta. Un espacio en el que siento como si una fuerza sobrehumana quisiese transportarme al interior de ese caos en el que cada individuo parece encontrarse solo sin que nada ni nadie le rodee. Un sórdido escenario donde se interpreta la vida como lo haría un actor aislado en medio de un desierto. Es la representación de la India llevada a su máxima expresión.
A unos pocos metros de la estación se encuentra el río Hooghly, que posteriormente desembocará en el fluido sagrado del Ganges. A cualquier momento del día, cientos de fieles se sumergen en sus aguas para limpiar sus pecados y preparar su camino hacia el cielo, un buen momento para abandonar las desdichas a las que a la mayoría les ha tocado vivir.
Sin embargo, las miradas se centran en el puente Howrah, un prodigio de ingeniería que permitió en 1943 el tránsito de peatones y vehículos desde el pueblo de Howrah hasta Calcuta. Una vía de entrada por la que a diario cruzan unos 150.000 peatones y más de 100.000 vehículos
Los alrededores de Howrah son un auténtico caleidoscopio en el que lo rico se mezcla con lo pobre, lo exótico con lo mundano, lo secular con lo religioso, lo animado con lo inanimado… Hay que estar muy vigilantes consigo mismo para evitar que los sentimientos que afloran ante cada imagen desvirtúen una realidad que para nosotros está muy alejada de nuestros dogmas y creencias. Lo difícil es conseguir un equilibrio entre el sufrimiento ante las escenas que se nos presentan y la indiferencia ante el dolor.
Los 655 metros de la impresionante estructura metálica del puente Howrah forman un corredor humano sobre el que convergen la historia y el presente. Una entrada a una ciudad sumida en una confusión social y política, pero que para muchos representa la oportunidad de conseguir un mejor modo de vida. Pero la realidad con la que la mayoría se encuentra es muy distinta a las ideas románticas con las que llegaron. Temperaturas extremas, violencia, inseguridad, polución… terminan haciendo estragos en la salud física y psíquica de los recién llegados.
El puente es de por sí un microcosmos, un mundo a escala reducida, una pasarela para todos los figurantes que componen la realidad urbana de la sociedad de Calcuta. Un buen lugar para observar y dejarse llevar por la frenética actividad humana compuesta por mendigos y porteadores que, de un modo imperceptible, al igual que una hilera de hormigas, van tejiendo la compleja red industrial que mantiene viva una sociedad arraigada a costumbres ancestrales.
Al final del puente, el colorido floral del mercado de Mullick Ghat es un contrapunto después del sórdido ambiente sentido entre las vías y andenes de la estación de Howrah.
Una actividad vibrante e incesante en el que guirnaldas de caléndulas amarillas, y rosas empleadas para las ofrendas, nos sumergen al interior de una marea humana cargada de sacos de flores que parecen volar entre la multitud.
Por doquier encontramos a niños desarraigados cuya única familia es la constituida por más de 50.000 menores que han sido abandonados a su suerte junto a las vías del tren y el puente Howrah. Un drama humano que parece formar parte del paisaje social de Calcuta. La Madre Teresa de Calcuta es el símbolo más conocido de aquellos que han querido entregar y cambiar sus vidas para conseguir devolver a unos pocos una dignidad que les ha sido arrebatada desde el mismo momento de su nacimiento.
Después de Mullick Ghat ya nos encontramos en los barrios más antiguos de Calcuta. Mercados y callejuelas en donde todo se compra y todo se vende. Las bocinas incesantes, los gritos de vendedores callejeros, el caótico tráfico compuesto por destartalados y coloridos autobuses, los indestructibles Tuc Tuc capaces de sortear pasos imposibles, carromatos cargados de grandes fardos tirados por hombres y, el paisaje urbano formado por miles de cables eléctricos colgando por doquier entre humeantes chiringuitos ambulantes… elementos que han configurado un espacio único que, en mi caso, han logrado que me convierta en un enamorado de esa mal o bien llamada “Ciudad de la Alegría”.
La visita de Calcuta nunca deja indiferente, o te repele, o te atrapa para siempre. En mi caso, está claro que es lo segundo. Siempre quiero volver sin saber muy bien los motivos. Por regla general, mis viajes suelen tener una motivación tribal y étnica, o paisajística. Muchos me suelen preguntar qué es lo que he encontrado en esa ciudad decadente para querer regresar una y otra vez. Y, por mucho que lo pienso, no encuentro una respuesta.
Puede ser que ese desconocimiento sea la principal razón de una adicción difícil de entender. No creo en la brujería ni en la magia negra. Sin embargo, de cada rostro, de cada mirada de aquellos que no tienen nada, recibo una especie de hechizo, una atracción y energía vital difícil de explicar.
Energía que ha servido para enfrentarme y discernir sobre nuestros problemas cotidianos. Para entender el mundo que nos rodea desde un prisma que permita hacer una mejor valoración de la sociedad en la que nos ha tocado vivir.
En Calcuta siento que el tiempo se ha detenido. Es como si el paso de los años sólo me afectase a mí. No veo cambios ni un desarrollo tan acentuado como en el resto de países a los que he viajado durante la última década.
Una vez más, tengo que regresar dejando atrás una gente que me ha permitido dar más valor y sentido a todo nuestro entorno. Una ciudad que siempre te recibe con los brazos abiertos y en la que, a pesar de lo que uno pudiera pensar al ver muchas de las imágenes, ha conseguido que afloren de mi interior sentimientos difíciles de explicar. Calcuta o Kolkota, nunca deja indiferente, para lo bueno o para lo malo.